Mucho antes de la invención de la bomba atómica, en 1908, se produjo en nuestro planeta una explosión de unos treinta megatones de potencia. Sucedió en la Rusia zarista, más concretamente en las cercanías de la localidad siberiana de Tunguska, una zona prácticamente deshabitada. Ello, dicho sea de paso, supuso una enorme suerte, pues de haberse producido en una zona con mayor densidad de población habría provocado una masacre de incalculables proporciones.
Este hecho inaudito se ha atribuido a un objeto celeste, concretamente a un meteorito o un cometa, aunque ni siquiera hoy la ciencia ha acabado de ponerse de acuerdo. Pero sus consecuencias sí que fueron bien visibles.

Mapa de Siberia, con la zona de la explosión señalada en rojo
Devastó por completo una zona de unos 2150 kilómetros cuadrados, derribó a personas a seiscientos kilómetros de distancia, fue detectado por estaciones sismográficas de países muy alejados y, según testimonios de la época, durante varios días, al caer la noche, en las calles de Londres podía leerse el periódico sin necesidad de luz artificial. Igualmente, el observatorio astrofísico norteamericano del Smithsonian detectó, durante varios meses, una reducción en la transparencia de la atmósfera.
Como es lógico, tan insólito fenómeno ha suscitado multitud de teorías. Pero –dejando al margen ideas ufológicas y similares- pueden resumirse en tres.
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Comandante de la famosa misión americana “Apolo 11″, fue el primer hombre en pisar suelo lunar, a las 4,56 del 21 de julio de 1969, pronunciando la histórica frase: “es un pequeño paso para un hombre, pero un gigantesco salto para la humanidad“.




