Por todos es conocido quién fue Napoleón Bonaparte. Sus conquistas, sus triunfos y su dominio de media Europa aún se recuerdan. Su Imperio está escrito con letras de oro en la memoria de los franceses.
Lo que ya es menos recordado es que, en Francia, gobernó otro Jefe de Estado del mismo nombre, que también creó su Imperio. Nos referimos a Carlos Luis Napoleón Bonaparte (París, 1.808 – Chislehurst, Inglaterra, 1.873). Éste, oficialmente sobrino de Napoleón – hijo de Luis Bonaparte, Rey de Holanda y de Hortensia de Beauharnais - y, quizá, vástago natural suyo, se consideró siempre heredero moral y legal de su tío.
Tras haber participado, en su juventud, en los movimientos revolucionarios italianos y en todo complot que buscase derribar al régimen impuesto en Francia – el último de los cuales le costó la cárcel en el castillo de Ham -, regresó a Francia con la Revolución de 1.848, revestido de una aureola romántica de aventurero y luchador por la libertad.
Con la Segunda República francesa, que se instauró tras la citada revolución, fue elegido Presidente. Pero esto era poco para él. Quería restaurar el Imperio de su predecesor, así que dio un golpe de estado, en 1.851, destinado a perpetuarse en el poder, el cual fue sancionado en plebiscito por el pueblo francés de forma abrumadora.
No contento con ello, en 1.852, promulgó una Carta Otorgada o pseudo-constitución que lo convertía en Emperador y, a su régimen, en Segundo Imperio.
Así se mantendría hasta 1.870. Su política combinaba los principios de
orden, paz y prosperidad, mantenidos a través de una merma de las libertades, con los del socialismo utópico. Apoyó a los grandes capitales para modernizar el país, sin, por ello, dejar de beneficiar a las clases bajas. Durante su mandato Francia consolidó definitivamente su Revolución industrial y se fortaleció como potencia exterior. El París que hoy conocemos, con sus grandes avenidas, fue realizado – por encargo de Napoleón III – por el urbanista Haussmann.
Casado con la española Eugenia de Montijo, con quién tuvo un hijo, su derrocamiento se produjo a consecuencia de la disputa con Prusia por la candidatura al trono de España de un Hohenzollern. Este desacuerdo, conducido arteramente por Bismarck, llevó a la Guerra Franco – Prusiana de 1.870, tras la cual, derrotados rápidamente los franceses, Napoleón hubo de refugiarse en Inglaterra, donde, ya enfermo, vivió hasta 1.873. Jamás abdico del trono de Francia y continuó reclamando sus derechos al mismo, así como los de sus herederos, hasta el día de su muerte.

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