Todos hemos oído hablar alguna vez de la insulina y por lo general la asociamos a las personas que sufren de diabetes y que deben inyectársela cotidianamente. Lo cierto es que la insulina es una hormona que todas las personas poseemos y, siendo estrictos, no todos los enfermos de diabetes necesitan inoculársela. Conozcamos un poco más de esta importante hormona en el equilibrio natural de nuestro organismo. Se trata de una hormona polipetídica formada por más de cincuenta aminoácidos y que se segrega en el páncreas. Para precisar, hay que decir que del páncreas sale la forma inactiva de la hormona que luego pasará a su forma activa al atravesar el Aparato de Golgi que se encuentra presente en las células de nuestro organismo. Fue el doctor Banting quien recibió el Premio Nóbel en 1922 en mérito a haber descubierto esta hormona.
A grosso modo podemos decir que la insulina es la encargada de transportar los nutrientes hacia el interior de la célula, sobre todo los carbohidratos o azúcares presentes en el torrente sanguíneo. Este proceso es conocido como anabolismo muscular y también intervienen otros factores como los receptores celulares y otros cofactores. Del déficit de insulina o de algún otro factor dependerá el diagnóstico de enfermedades como la diabetes o el hipoglicemia, entre otras. Este paso de nutrientes hacia el interior de la célula es de vital importancia para el ser humano quien debe generar la energía a partir de estos nutrientes y ya dentro del interior de las células, más específicamente en la mitocondria celular, verdadera fábrica o centro productor de energía.

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Para entender mejor la función principal de la insulina, debemos conocer el escenario en que esta se desenvuelve. Para eso debemos imaginar lo que sucede en la cadena de acontecimientos previos. Todo empieza cuando ingerimos los alimentos, por ejemplo un almuerzo común, consistente en un pedazo de carne junto con carbohidratos como patatas y arroz. Una vez que estos alimentos se han digerido, pasan al torrente sanguíneo y los carbohidratos se convierten en glucosa que no es otra cosa que el nombre que recibe el azúcar cuando se encuentra en la sangre. El cuerpo tiene un balance natural en cuanto al nivel de azúcar que debe tener. Si el nivel de glucosa se eleva por encima de los grados normales, la persona puede sentirse mareada, tener náuseas, dolores de cabeza, etc.
Es aquí donde entra a tallar la insulina para regular este nivel de glucosa y para eso ayuda a transportarla hacia el interior de la célula para que sea convertida en energía que se irá a medir en calorías. Por eso hablamos de la cantidad de calorías de los que consta un determinado alimento. Es aritmética simple basada en una tabla universal que dice que cada gramo de proteína tiene cuatro calorías, cada gramo de carbohidratos tiene cuatro calorías y cada gramo de grasa tiene nueve calorías. Siguiendo el ejemplo, podemos decir que una patata puede tener 100 calorías, las cuales son producto de los 25 gramos de carbohidratos que tiene. 25 x 4 = 100 calorías.
Pero también se puede dar el caso contrario en que el nivel de glucosa sea bajo en nuestro organismo. En ese escenario, entra en juego la hormona antítesis de la insulina que es el glucagón. El organismo es sabio y busca su equilibrio a través de esta hormona que se encarga de formar azúcar desde dentro del organismo a través de una serie de intercambios bioquímicos que suponen dos rutas principales. La primera de ellas es por la degradación del tejido muscular, el denominado catabolismo muscular, en donde en buena cuenta, una parte de nuestro tejido muscular es convertido en azúcar para buscar su equilibrio. La otra ruta es por la oxidación de las reservas de grasa y su conversión igualmente en azúcar, siempre buscando el equilibrio del organismo. Este equilibrio, en general, se llama homeostasis.
El glucagón también es liberado desde el páncreas. Ambas hormonas –insulina y glucagón- están reguladas en su perfecto equilibrio por una tercera hormona que también es liberada por el páncreas. Se trata de la somatostatina. Un descubrimiento reciente y de gran importancia es el hecho de que las células madres que se encuentran en el cordón umbilical son capaces de secretar insulina tal cual lo hace el páncreas, previa manipulación en un laboratorio. Este descubrimiento es prometedor para los que padecen el tipo de diabetes que requiere in contables pinchazos de insulina con las molestias que de ello se derivan. Se cree que en un futuro estas células madres modificadas se podrán implantar en los enfermos de diabetes para que empiecen a fabricar su propia insulina.

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Para detectar si el cuerpo está produciendo insulina correctamente, es necesario hacerse una prueba de sangre y ver si en ella se encuentra el péptido C ya que éste se libera en la sangre cuando las células beta, ubicadas en el páncreas, procesan la proinsulina para convertirla en insulina. Cuando estos niveles son bajos, se puede pensar en que la diabetes está en proceso de consolidación. Una vez que la diabetes se ha instalado el cuerpo ya no produce más insulina y se hace imperiosa la administración de insulina exógena. Esta administración no se puede realizar vía oral ya que las tabletas, y la hormona en buena cuenta, no sobrevive al proceso de digestión. Es por eso que se requieren inyecciones de insulina que se realizan a nivel subcutáneo con unas jeringuillas especiales y agujas pequeñas que no llegan a nivel intramuscular.
El sitio de la inyección se debe rotar para evitar irritaciones, el diabético debe tener siempre un kit de emergencia a mano, con medidores de niveles de azúcar, la dieta debe ser vigilada de por vida, etc. También se puede dar otro escenario que el cuerpo desarrolla la llamada tolerancia a la insulina. Esto es que el cuerpo sigue produciendo insulina pero los receptores celulares destinados a su recepción no funcionan correctamente y el organismo no reconoce la hormona. Sin duda interviene factores hereditarios pero casi siempre el factor desencadenante son los malos hábitos y una mala llevada dieta.


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